Saltan las alarmas, llegan los rumores. Cuando todo parecía ir viento en popa, aparece algo que quizás pueda mermar la situación. Sé lo que significas para mí, pero, ¿qué significo yo para ti? La conversación, el diálogo se perfila como base de cualquier relación de estado, pero yo no he podido disfrutar de ninguno, y ahora no sé si yo de verdad soy importante, si puedo tirarme al precipicio con los ojos cerrados, no lo sé. Dudas y más dudas, malditas por los siglos de los siglos y siempre aparecen cuando menos te las esperas. No sé si puedo entregarme o debo ir pensando cada uno de mis pasos y asentando bien cada uno de ellos. Lo desconozco en estos momentos. ¿El por qué? No es conocido tampoco. Empiezo a necesitar pistas, hechos que me certifiquen que todo puede ser fácil y especial y que nada podrá dar la vuelta a la situación.
Pensando, me doy cuenta de que al principio era yo el que partía con desventaja y con todas las papeletas de ser culpable de todo, pero ahora, encuentro atisbos de que quizás yo sea un comodín, un juguete, algo con lo que encontrar una diversión, un pasatiempo llamado vulgarmente. Y llega el miedo al tropiezo, a la caída libre. Enseñar todas mis cartas desde un primer momento quizás no fue buena idea o sí, quién sabe. Lo único que sé con exactitud es que soy un soñador, llamado iluso por muchos, que se lanza a la piscina sin comprobar si tiene el agua suficiente para salir a nado. Y esto me preocupa tanto, que solo estoy seguro de mi inseguridad.
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