Tarde lluviosa de mala muerte. La gente huye de las calles y del frío que cala en los huesos. Paseo por la avenida buscando un lugar que pueda interesarme, alguien con quien hablar, mientras ahogo la última calada a mi cigarro, acompañado de la compañera más fiel, mi Soledad.
Camino pensando en todo lo que he vivido, lo que me queda por vivir y lo que me deparará el futuro más lejano. Soñando despierto, prediciendo mis pasos. De repente, con la única protección de un periódico del día anterior, me cruzo con unos ojos profundos, verdes como la esmeralda que taladran la parte izquierda de mi húmedo pecho. La invité a venir conmigo, tímida, dudó pero aceptó. Le cedí mi abrigo, que tanta falta me hacía, pero no más que a ella. Bajo mi paraguas nos perdimos los dos bajo la lluvia incesante.
Decidí invitarla a un café, o chocolate, algo que pudiese calentar su pálido rostro, casi morado por el frío.Dubitativa de nuevo aceptó. Quizás mi excesiva cortesía le provocaba la duda, pero me sentía obligado a hacerlo. Cuando entramos y se quitó mi abrigo y ese foular que le cubría el cuello y parte de su rostro, quedé hipnotizado. Deslumbró aquel lúgubre café de la avenida principal con esos coloretes que ya asomaban en su rostro, esos ojos que me petrificaron, a mí y a los pocos que estaban allí. El café quedó en silencio y rogué a Dios en silencio, para que ese momento se congelase y no pasase el tiempo. Se había escapado un ángel, esos que acompañan a Cupido en sus labores, esos que hacen que el cielo sea distinto al mundo terrenal. Se había escapado.
En ese momento me sentí el hombre más afortunado de toda la faz de la tierra y gran parte del infinito universo. Se me acabó el soñar, el pensar en lo vivido, se me nubló la vista frente a aquella imagen.
Perfecto, nada podía empeorar. Todo lo que en ese momento hubiese deseado lo tenía frente a mí, mirándome a los ojos. Sin mediar palabra, nuestras manos se cruzaron, y salimos corriendo de aquel café de mala muerte, bailando bajo la lluvia hasta que nos perdimos por las calles y nada se supo de nosotros. Bueno, nada se supo de ella.
Mientras amanecía a la mañana siguiente, desperté solo, mojado en mi sofá y ni rastro de aquel ángel. No recuerdo demasiado bien qué ocurrió exactamente aquella noche, pero sin duda alguna, fue la mejor noche que pueden contar mis días.
Me pegué una ducha rápida y salí en busca de aquel sueño idealizado, teniendo la certeza de que no la encontraría, pero también que no pararía hasta dar con ella.
El sol bañaba las calles de aquella ciudad cuando yo me perdía por las calles pero esta vez, sólo con mi fiel compañera Soledad.
es espectacular, me encanta, fernando me sorprendes :-)
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